miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Imagen y el Animal

LA IMAGEN Y EL ANIMAL. Proyecto comisariado por Javier Sánchez. Palacio de los Condes de Gabia, Plaza de los Girones 1, Granada. Del 11 de noviembre de 2010 al 6 de febrero de 2011.

Imagino a un hombre primitivo, habitante de una Europa helada, que pasando el invierno junto con el resto de su tribu en alguna cueva al sur de la actual Francia, ve como las reservas de carne empiezan a escasear y como desde ese momento empieza a trazar las estrategias a seguir para conseguir más. Si yo fuese ese hombre tendría un respeto casi sagrado a esos animales. Pero también al que supone un peligro, al que cohabita en mi espacio, al que algún gesto los hace admirables, a los que vuelan, porque algunos vuelan. Los animales son fascinantes. Por eso su representación, por eso sus formas pueblan cuevas prehistóricas, por eso se apegó a la representación religiosa como símbolo profano, casi demoníaco, por su extraño poder de persuasión, por su capacidad de hacernos parte de la naturaleza, por hacernos sentir un tanto frágiles y desamparados, y más cuando su imagen se dibuja tétrica, cruel, amenazante y despiadada.
Javier Sánchez reúne en este proyecto a lo más granado del arte contemporáneo andaluz, que a través de obras ya realizadas y otros trabajos compuestos para esta muestra, así como piezas hechas in situ, pueblan el espacio expositivo del palacio granadino de un bestiario simbólico que viaja desde el símbolo de culto hasta la efigie propia de la zoología emergente del hombre ilustrado. Y el resultado, la verdad, cuanto menos, no deja indiferente. Bajo una premisa simple, la plasticidad, dejando de lado algunas disciplinas contemporáneas y centrándose en el discurso pictórico y escultórico se trata de establecer un diálogo metafórico capaz de expulsar del resultado final cualquier acercamiento alegórico al animal de un modo histórico. Es el ejemplo del trabajo de Rubén Guerrero, en el que a través de la superposición de abstracciones reflexiona sobre la propia muestra, sobre la utilidad del animal en el arte, o del mismo arte en fin. Mucho más llamativo es el mural de Jesús Zurita, que siguiendo en su línea estética ya conocida por muchos, llena el espacio con una pintura efímera que compone formas que se unen y se entrelazan para crear un amanecer animal o un ocaso sanguinario, en concordancia con una de las constantes en la exposición, un tratamiento visceral de la figura animal, en ocasiones más directo, sin diligencias, en otros casos más lírico casi carnavalesco, como sugiere Marina Vargas en su enfrentamiento de sus reses adornadas, divinas, en una pieza que si se trata de plasticidad, destaca entre todas, sobre todo teniendo en cuenta como se presentan artistas como Cristina Lama o Miki Leal, que parecen no discernir entre fidelidad a una manera y la originalidad del momento, mientras Marina Vargas derrocha imaginación con otra instalación en la que una cabra desprotegida de piel mira con cierto temor lo que pueda salir de una vagina exagerada, o las composiciones puntuales de Domingo Zorrilla, un artista a veces realmente fascinante. Martín Freire aporta una abstracción plástica, incluso al tacto y Antonio Montalvo se ayuda de la imagen del estudio/sala de exposiciones como lugar de confluencia entre artistas, obras y, en este caso, animales, que se expone con la que aparentemente es la joya de la corona, al menos como presencia visual, dos ciervos que aparecen del techo y saltan sobre los espectadores realizados por Santiago Ydáñez, que ya más en su trabajo conocido también expone dos retratos de aves, en una personificación sin componentes puramente humanos excepto la tranquila y a la vez inquietante mirada. Por otro lado, la obra de Pablo Capitán destaca por su simplicidad material y la buena solución que aporta, sobre todo en su pez espada mirando al cielo que recuerda a una antena de recepción. Pereñíguez continúa en su línea argumental de acabados simples, sin efectismos pero llenos de poesía visual en un alarde de buen hacer, al igual que Paco Pomet, que utilizando el medio pictórico en un modo más tradicional es capaz de formular imágenes convincentes, un tanto absurdas y cargadas de mala intención.
No corren buenos tiempos para el arte contemporáneo en la ciudad nazarí, demasiadas polémicas y demasiados enfrentamientos que nunca vienen bien, pero que considero necesarios para el futuro cultural de una ciudad que algunas veces parece olvidar porque llegó a ser admirada. Por eso, proyectos como este, de una altísima calidad artística, de un repertorio realmente bueno, utilizando un edificio que se presta a la perfección para su aprovechamiento visual, donde el diálogo se entabla de un modo inconsciente, son tan importantes ahora, en esta contemporaneidad. Y si además es una persona joven, con expectativas y talento, siempre es más satisfactorio, primero por el ejemplo para muchos, segundo porque muestra que aunque el camino esté demasiado pedregoso todavía se puede andar con paso firme, y tercero porque asegura futuro para el arte contemporáneo andaluz.


Juan Jesús Torres.

martes, 14 de diciembre de 2010

EL ARTISTA SECRETO

Antes de esperar a Godot, Samuel Beckett, irlandés y, por tanto, hombre de mar, descubrió admirando el océano que lo único con lo que contaba era con su estupidez. Se dio cuenta de su inmensa ignorancia y su poca capacidad imaginativa, en definitiva se sintió humano. Fue entonces cuando comprendió que ante tan abrumadora verdad solo la expresión sin prejuicios de lo que sentía podía tener validez, total, todo lo resultante no podía dejar de ser algo estúpido y vacío. Beckett era un genio, uno de esos malditos genios que nacen de vez en cuando, de esos que saben ver en esta anodina vida momentos tan especiales capaces de hacerte ser parte del todo, de escribir tu nombre en la posteridad. Su estupidez congénita y común a todos y su asimilación lo hizo fronterizo, una persona que vivía en un mundo que se podía derrumbar en cualquier momento, sin necesidad de ninguna fuerza mayor que la de un solo suspiro. Bram Van Velde era su amigo, probablemente el único amigo de Van Velde, y lo consideraba peligroso, demasiado bueno para este mundo. Beckett pensaba que Van Velde era un pintor metafísico, que había superado la abstracción para convertirse en una poesía andante, que se reflejaban en guache imposibles, en composiciones rabiosas.
Van Velde fue un pintor holandés que vivió en una especie de soledad infinita en medio de una búsqueda constante. A los 25 años se fue de su país, al que volvió anciano y cansado. En Francia, paraíso para los perdidos con algo que contar solo encontró miseria y anonimato. Pintaba por una especia de necesidad interior. Influenciado por el expresionismo abstracto llegó a París para dejarse llevar por el fauvismo encantador de Matisse, y así aprender el arte decorativo puramente pictórico. Bram Van Velde no era un trabajador incansable, pintaba por temporadas, solo cuando realmente lo necesitaba, lo suyo era más una búsqueda, un permanente estado de alerta para luego representarlo con témpera, huyendo de cualquier ornamento innecesario, buscando siempre la forma más esencial y pura. Atormentado por buscar, trabajar poco lo hacía más débil. Sentía fascinación y a la vez repudio por personajes como Picasso, del que dicen estuvo pintando en la víspera de su muerte. Era el camino del éxito, el trabajo constante que a la vez suponía éxito, que a la vez era el motivo del trabajo constante. Una espiral que nunca supo entender el pintor holandés. Quizás por eso sus primeras exposiciones individuales llegaron pasados los 50 años y con una fracaso rotundo. Hacia mediados de los años 40 dejó de pintar, cansado de ir y venir, vivió en Córcega y en Mallorca, encarcelado en París por no tener permiso de residencia, dejó el arte como el que deja el tabaco, de mentira.
Lo cierto es que este personaje tan especial, tan complicado y solitario ha sido el artífice de la pintura lírica abstracta que dio paso a muchos otros movimientos después de la II Guerra Mundial. Un artista con mayúsculas, lleno de musicalidad en sus movimientos, en sus composiciones coloridas. Claro que quizás se lo dices a él en persona y se hubiese encogido de hombros, como si la cosa no fuese con él.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Matisse y la Alhambra

MATISSE Y LA ALHAMBRA. Museo de Bellas Artes de Granada, Palacio de Carlos V, Alhambra. Del 15 de octubre de 2010 al 28 de febrero de 2011. Granada.

Hay trenes que no se pueden dejar escapar. Es una frase, quizás una recomendación, que todos hemos oído como algo positivo, algo por lo que hay que estar atentos, y es que las oportunidades son únicas. Y eso precisamente es esta exposición, una gran oportunidad. Y a la vez no deja de ser eso, una oportunidad.
Es comprensible y en cierto modo admirable el amor y la pasión con el que se trata a ciertos hitos culturales que definen e identifican a una ciudad o a un pueblo. Ocurre en muchos lugares de todo el mundo, la UNESCO se encarga de dotarles de rango universal y eso enorgullece enormemente a los habitantes de la zona. Pero eso no justifica que todo lo que ha pasado en este mundo tenga algo que ver con lo que pasó en otros tiempos, y me explico. Existe con respecto a la Alhambra una capacidad infinita de relacionarla con una serie de artistas que durante los primeros años del siglo pasado se sintieron atraídos por modas orientales, como ocurre con Matisse, que es figura representativa del movimiento pictórico salvaje fauvismo. También se le relaciona con otros muchos movimientos y tendencias que buscaron inspiración en el palacio nazarí, una verdad a medias.
El punto de partida de esta exposición es una firma del genial artista francés encontrada en el libro de visitas del Museo de la Alhambra. Aquí comienza la relación con la Alhambra, con Sevilla, con Andalucía, con Marruecos y con el arte musulmán. Pero, la verdad, es que no es verdad, mentira, es verdad, pero a medias. 1910 fue un año complejo en la vida de Matisse, y como cualquiera con los medios suficientes decidió emprender un viaje, que le alejara de su cotidianidad en ese momento asfixiante. Tras la exposición de La Danza y La Música en el Salón d’Autumne y las nefastas críticas recibidas y el fallecimiento de su padre en octubre del mismo año, Matisse se cansa, no lo soporta y se marcha. Su amigo filósofo y pintor Matthew Stewart Prichard en correspondencia con su esposa le contó que “ante este recibimiento de la oposición, Matisse se retiró a Munich, y ahora ha perdido a su padre y se ha ido a España; puede que a reflexionar con El Greco”(1) . Esto demuestra una cosa, que Matisse viajó a España y que la composición de La Danza y La Música fueron antes que dicho viaje, lo que me hace dudar del significado que tienen algunos borradores de estas obras en la exposición que ahora nos concierne.
Henri Matisse es un fauve, pertenece a un arte eminentemente primitivo que se basa en términos decorativos y la búsqueda obsesiva de una identidad a base de grandes manchas de color plana. Su desencanto con su contemporaneidad no es ningún secreto y buscó inspiración en otros movimientos, buscando un nuevo arte en el arte antiguo sin caer nunca en la contradicción. Matisse no era estúpido, era un personaje tremendamente sensible, de un carisma abrumador y de una inteligencia a la que muy pocos llegaban, “uno siente con mucha intensidad que la obra de Matisse es el resultado de años de investigación y estudio paciente, pues dispone tal orden y precisión en sus composiciones que nada puede haber sido dejado al azar"(2) . Así pues no es que encontrase en la Alhambra algo de lo que quedó fascinado y que le hizo cambiar su modo de entender el arte; sabía a lo que venía, lo que iba a ver y lo que podía encontrar, simplemente quería sentirlo. Su sentido del arte decorativo en su más pura forma necesitaba del estudio de formas menos conocidas y que estuviesen menos contaminadas. En este contexto parece lógico el acercamiento de los fauves al arte islámico, un arte alejado de cualquier representación sacra, fuera de formas convencionales y heroicas que durante tantos años habían poblado el arte occidental. A Matisse no le interesa lo que representa porque a Matisse le interesa todo; según dijo el propio artista, "la disposición total de mi cuadro es expresiva. El lugar que ocupan las figuras y los objetos, el espacio vacío alrededor de ellos,
las proporciones, todo desempeña un papel"(3) . Por lo tanto no depende de descubrimientos azarosos, es una investigación real, empeñosa y como se demostró, muy fructífera.
Cuando Matisse visitó Munich y visitó una exposición de arte islámico en la capital alemana, también estuvo con unos amigos en la más famosa feria de cerveza del mundo. Parece un dato anecdótico, que poco o nada tiene que ver con el arte, pero en mi opinión demuestra que Matisse estuvo en Munich pasando unos días en los que aprovechó para hacer varias cosas, y en los que se aseguró de que su nueva vida estaba comenzando. La exposición supuso para Matisse el asegurarse de que ciertas figuras geométricas con motivos florales que aparecían en los tapices árabes eran algo que le aportaban un colorido que en sus composiciones conjuntaban a la perfección con su idea del decoro, porque para él el motivo de su obra se alejaba de cualquier misticismo trascendental para acercarse a la belleza plena, a la belleza llana de lo que gusta a la vista, "artistas como Matisse o Rouault estaban guiados por la determinación de establecer un motivo bidimensional agradable utilizando unos patrones decorativos"(4) que aparecían de una manera sugerente y con la sensación de perfección en las representaciones islámicas. Y si hablamos de arte islámico, tenemos, sin más tutía, que hablar de la Alhambra de Granada.
En el programa de Matisse cuando decidió viajar a España estaba la ineludible y deseosa colaboración con su gran amigo Francisco Iturrino. El pintor sevillano invitó a Matisse a pasar una temporada alejado de la multitud de París y centrarse en su trabajo en su taller sevillano. Matisse aceptó encantado la oferta, tomándolo como un descanso espiritual para retomar su continua búsqueda que es sinónimo del arte de Matisse. Así pues, tras visitar Munich decidió venir al sur donde se instaló junto a su amigo en Sevilla, visitó Granada para después viajar a Marruecos, lugar que tenía una especial significación y atractivo para el francés. El interés por lo islámico le llevó hasta Granada donde pasó algunos días admirando los palacios nazaríes y empapándose de un arte que allí sí se antojaba como el culmen de la belleza decorativa. Y aquí si tiene sentido la relación, "la obra decorativa, en el sentido de Matisse, no describe contenidos espirituales, sino que hace alusión a estos. El arte islámico permitió al artista comprender esto"(5) . Aquí si jugó un papel decisivo en el resto de su obra la visita a Granada. Aquí Matisse terminó de entenderlo, era algo que ya sabía, como una fórmula matemática, pero aquí esa fórmula la vio en práctica, como las matemáticas en una obra de ingeniería. Matisse se lleva de España una relación laboral espectacular con Iturrino, se lleva una sensación de libertad que hacía años que no experimentaba, se va más maduro y más convencido, se va pensando que ha retomado el camino del que nunca debió dudar, pero no se lleva un absoluto, como en algunos momentos se deja entrever en esta exposición. Matisse redescubre porque nunca deja de buscar, no porque la capacidad de sorpresa del francés sea fácil. Recordemos que es un fauve, quizás el más fauve de todos los fauves, los mismos que buscaban con ahínco y esfuerzo la pureza de lo primitivo. Matisse lo encontró en lo islámico, y supuso a la vez la decadencia del colectivo, "este nuevo "descubrimiento" de lo primitivo tiene, pues, una importancia especial, importancia que no queda disminuida por la
consideración de que el entusiasmo que el descubrimiento suscitó en los fauves significase también que el fauvismo corría a su final"(6) . Porque en los avances de Matisse, sus estudios de colores de fuego, sus gitanas, sus berenjenas, sus amapolas y lirios con encanto bizantino, su armonía, su encanto y sus españolas abanicadas, no pasaron desapercibidos para el resto de los que como él confiaba en un arte nuevo, en un nuevo modo de pintar cuadros.
Después se fue a Marruecos, el lugar donde encontró el modo de poner en práctica todo lo aprendido, la armonía perfecta entre arte islámico, arte primitivo y facilidad para trabajar. Y como ya he dicho, e insisto, Matisse no era estúpido, sabía a lo que iba, y lo que se encontraría, quizás por ello no perdió el tiempo, y sus Odaliscas, sus bodegones y tapices que bañaban todos sus lienzos surgieron con una espontaneidad majestuosa. El arte es un camino. Un viaje. La crítica Saeah Wilson considera que "los dos viajes de Matisse a Marruecos en 1912 tuvieron una importancia capital para su obra, mucho mayor que su visita a la exposición de arte musulmán de Munich y que su gira por el sur de España el año anterior"(7) . Yo estoy de acuerdo. Dudar de la Alhambra es tan estúpido como querer ensalzarla a cualquier precio. Sé que se trata de vender, pero no seamos estúpidos, aprendamos de Matisse, que no lo era en absoluto.

(1) Carta de Matthew Stewart Prichard a Isabella Stewart Gardner el 22 de noviembre de 1910 en VV.AA. "Henri Matisse". Könemann, Colonia, 1994. Pág. 127.
(2) Whitfield, Sarah. "Fauvismo" en, Stangos, Nikos (ed.) "Conceptos del arte moderno", Destino, Barcelona, 2000. Pág. 24.
(3) Henri Matisse en Whitfield, Sarah. op. cit
(4) Thomson, Belinda. "Pintura francesa entre 1830 y 1930: contexto histórico" en, VV.AA. "De Millet a Matisse. Pintura francesa de los siglos XIX y XX de la Kelvingrove Gallery de Glasgow". Catálogo de exposición. Fundación LaCaixa. Barcelona. 2005. Pág. 31.
(5) Essers, Volkman. "Matisse". Evelgreen, Colonia, 1996. Pág 24.
(6) Elderfield, John. "El fauvismo". Alianza, Madrid, 1983.
(7) Wilson, Sarah. "Henri Matisse". Poligrafía, Barcelona, 2009. Pág 47.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La caricia

El amor de mis fobias

La primera de mis fobias fue la más especial, jamás he temido tanto a nada como al viento. Su pérdida me causó trastornos, pero lo superé. Pronto llegarían otras; auclofobia, dementofobia, ilingofobia, colpofobia, monopatofobia, ataxofobia, pnigofobia, cleitrofobia, epistaxiofobia… Todas dejaron su huella, pero aún conservo el tacto del viento en mi piel, y tendría mi pelo despeinado en su honor si no fuera porque la hipertricofobia me obligó a cortármelo al cero y ya me he acostumbrado. Todas me abandonaron, reconozco no ser un gran amante.
Hace poco he vuelto a ilusionarme, una nueva fobia ha entrado en mi vida de forma decidida, dispuesta a cambiarla, se llama fobofobia. Al principio fue algo así como un coqueteo, pero ha ido a más, y para qué negarlo, he perdido la cabeza por ella. Claro que ahora más que nunca echo de menos mi anemofobia.
Cosas del amor y cabezas desubicadas.

Café Rancio

Durante dieciocho minutos estuvo corriendo sin mirar el pulsómetro de muñeca que compró en el gimnasio de su barrio, al lado del estanco y justo enfrente de un todo a cien regentado por un hombre chino, de madre japonesa. Comprobó que todavía no había alcanzado las ciento setenta pulsaciones y decidió aumentar el ritmo de carrera. Después de dos minutos, su corazón latía a ciento setenta y cuatro pulsaciones al minuto. Pensó que era un buen ritmo si quería albergar esperanzas de ganar la media maratón que se organizaba el próximo fin de semana en la ciudad. Acostumbraba correr en un circuito cerrado de cinco kilómetros y seiscientos metros habilitado en uno de los parques de las afueras. Ese día no. Ese día estuvo corriendo por la ciudad, su intención era subir al Barrio Viejo, para probarse en las tremendas pendientes que funcionaban como calles. Subiendo la calle Heraldo Hinojosa, llamada así en honor a un famoso zapatero, maestro de la piel, que murió de un ictus, aunque fue enterrado con la creencia de que murió de cáncer de páncreas, no pudo evitar fijarse en la chica que bajaba la misma calle, andando rápido, pensando que era inevitable la caída con esos tacones y a ese paso.
Sin embargo, ella no se fijó en él. Estaba demasiado colocada. Llevaba encerrada tres días en la casa de una chica que conoció en la cafetería de la facultad de derecho, pero que no estudiaba derecho, pero que había ido a la facultad de derecho porque un amigo que sí estudiaba derecho le había comentado que la biblioteca de la facultad de derecho era mucho más grande y más tranquila que la de la facultad de ciencias políticas, dónde ella estudiaba ciencias políticas. Se hicieron buenas amigas, sorprendiéndose de la rapidez con la que habían congeniado para ser la primera vez que se habían visto. Ellas no se acordaban, ahora tampoco, pero se conocieron con tres años y cuatro meses la primera y tres años y ocho meses la segunda, en una ciudad costera dónde sus respectivas familias pasaban los veranos. Durante tres días de uno de esos veranos fueron compañeras de juegos en la playa. Era la primera vez que probaba el éxtasis, además no había faltado marihuana y algunas setas alucinógenas que el chico del quinto, vecino de la amiga, se empeñó en comprar a un chico conocido, del cual nunca dijo el nombre. Fueron demasiados excesos, pero estaba justificado. Acababan de terminar los exámenes de febrero. Había que celebrarlo. En el momento en que bajaba la calle Heraldo Hinojosa, a un paso tan rápido que un corredor que pasaba por allí, pensó en su inminente caída, sonó su móvil. Se detuvo en seco, buscó por el bolso, no lo encontraba, era normal, llevaba demasiadas cosas, se prometió vaciarlo y limpiarlo y seleccionar sólo los objetos más necesarios, tenía que aligerar aquel bolso de cincuenta y dos euros que compró en su viaje a aquella ciudad del norte. Miró la pantalla, le costó fijar la imagen, cuando consiguió enfocarla comprobó que era el chico que había conocido tres semanas antes en un local de moda de la ciudad, del que todo el mundo hablaba, y que a ella le gustaba sobre todo por el olor a obra recién acabada que desprendía. No le apeteció cogerlo, aún conservaba la suficiente lucidez para saber que lo que podría decir en aquel momento sería motivo de arrepentimiento cuando el cóctel de estupefacientes empezara a perder la batalla contra la sangre.
A quinientos treinta y nueve metros de la calle Heraldo Hinojosa, conocido en toda la ciudad, como el zapatero Hinojosa, en dirección sur, un chico miraba por la ventana mientras escuchaba los tonos de llamada a través de su teléfono móvil. Llevaba tres días llamando a una chica que conoció en un local de moda en la ciudad, dónde siempre servían la cerveza no demasiado fría, y no obtuvo contestación en ninguno de ellos. En ese momento pensó que quizás lo mejor era dejar de llamarla, por mucho que le gustara. Pero en ese momento recordó que había dejado en su casa, la última noche que pasaron juntos, unos calzoncillos de lycra extremadamente cómodos y una camiseta que compró en una página web que tenía estampada la cara de aquel personaje que siempre aparecía con otro personaje más alto que él, en una serie de televisión infantil, que hablaba casi susurrando, y los quería recuperar. Recordó el primero de los tres polvos de aquella noche. Demasiado salvaje. Habían bebido demasiado. Tuvo una erección, su cara empezó a subir de temperatura. Empezó a masturbarse justo después de quitar la mirada de la ventana por la que observaba a un hombre de sesenta y cuatro años, que esperaba absorto apoyado en el saliente de mármol, que se encontraba a tres grados, a su hija mayor que había prometido acompañarlo a una revisión rutinaria en la clínica del doctor que había estudiado medicina en una ciudad en la que el hombre de sesenta y cuatro años nunca había estado, pero que había visto por unas fotografías publicadas en una revista dominical, que se vendía junto con el periódico más vendido de la ciudad. El hombre de sesenta y cuatro años planeaba quemar un alfiler de los que su mujer guardaba en el tercer cajón desde abajo, en el mueble que soportaba la televisión, clavados en un corazón rojo de trapo que su mujer compró en una tienda regentada por un chino de madre japonesa, para desinfectarlo y pincharse en aquel uñero tan doloroso que desde cuatro días atrás tanto le estaba molestando, aunque la verdadera satisfacción no era a acabar con aquel bulto de pus en el dedo corazón de su mano derecha, sino ver como aquel líquido verdoso y espeso salía de su mano, cuando llegó su hija, sonriente y con muy buen aspecto, después de haber pasado el fin de semana en un Spa de un pueblo, a veintitrés kilómetros del centro de la ciudad. Se besaron y él se apresuró a levantar la mano a un taxi, para que parase, después de haber apeado a un hombre en la puerta de la boutique en la que no había entrado nadie desde hacía dos horas y veinte minutos.
Eran las diecinueve horas y cincuenta y dos minutos. Exactamente la misma hora en la que una mujer llora después de recibir dos guantazos de su hijo esquizofrénico, en la que un niño de un año se mete el dedo en la nariz para rascarse mientras observa un globo lleno de helio que se pierde en el cielo tras escaparse de las manos de un niño de once meses que mira asustado a su madre, que habla con la madre del niño de un año que tiene el dedo metido en la nariz, en la que una chica de diecisiete años ha decidió dejar a su novio, definitivamente, porque su compañera de clase, que empezó a salir con su novio cinco meses después de ella, ha follado cinco veces en el último mes y ella lo más que había conseguido era que su novio le tocara una teta por debajo del sujetador, en la que un joven de veintidós años se rompe los ligamentos del tobillo derecho en un choque aparentemente fortuito con un joven de veinticuatro años que tuvo un gatillazo dos semanas atrás, cuando por fin consiguió irse a la cama con la novia del chico que tenía el tobillo destrozado, después de cinco meses viéndose a escondidas, y que no veía desde aquella fatídica noche.
Se vieron cuarenta y siete minutos después en la sala de espera número dos de la planta de urgencias del hospital, la misma sala dónde dieciocho minutos antes había vomitado una mujer de pelo rubio que parecía teñido, pero que era totalmente natural, a consecuencia de una gastroenteritis provocada por un mejillón en mal estado que había comido el día anterior por la noche en la inauguración del bar que acababa de abrir un amigo homosexual enamorado desde hacía catorce años del marido de la mujer que vomitó en la sala de espera número dos, inundando el lugar de un olor agrio casi imperceptible. Al principio les costó hablar, se miraban de reojo, con caras serias, pero por fin ella se levantó decidida a acabar con aquella situación tan embarazosa. Él podía oír su propio corazón en sus tres movimientos, acelerado hasta alcanzar un pico máximo de ciento ochenta y una pulsaciones, como reacción ante la progresiva cercanía de ella. Cuando estuvo al lado, él levantó la cabeza, sonrió y le dio un generoso abrazo, ella respiraba tranquila. Después de tantos años, él la había reconocido. Iba a preguntarle cómo estaba y por qué estaba en el hospital, pero en ese momento tuvo que apartarse porque pasaba un joven de veintidós años en silla de ruedas con los ligamentos del tobillo derecho rotos, acompañado por tres de sus amigos, sudorosos y vestidos con ropa deportiva, y una chica, que miraba al chico de veinticuatro años que llevaba las zapatillas amarillas con motivos verdes.
La chica a la que le dolía el hombro derecho, seguramente debido a una mala postura adoptada hace dos noches, mientras dormía en la cama del chico que tenía el tobillo roto, entró con el joven deportista en la consulta del médico para luego acompañarlo también a la sala de rayos X, bañarlo en una bañera habilitada en una habitación que tenía los azulejos azules y mirar como una enfermera que estaba demasiado delgada le inmovilizaba el tobillo con yeso. Había pasado una hora y treinta y dos minutos desde que entraron en el hospital y la chica decidió salir a la sala de espera para informar a sus amigos sobre la salud de su novio, agradecerles que hubiesen estado allí y decirles que se fueran a casa, que era de noche, y empezaba a hacer mucho frío. En el trayecto hasta la sala de espera número dos se acordó del pene flácido de su amante, de sus vanos esfuerzos bucales por evitar la tragedia, de sus palabras tranquilizadoras hacia un chico destrozado por las circunstancias, abandonado por su virilidad. Recordó sus manos, su cuello. Lo quería, no podía evitarlo. Simplemente lo quería. Quiso decírselo en el mismo momento en que llegó a su altura, pero sólo pudo articular las palabras ensayadas segundos antes. La chica a la que le dolía aquella noche el hombro derecho no pudo evitar sentirse aliviada cuando cuatro años después, y dos años, tres meses y doce días después de haber follado por última vez con él, se enteró entre los sollozos de su novio que su mejor amigo había muerto en un accidente de tráfico cuando iba a la ciudad en la que en el centro había una tienda que vendía un bolso a cincuenta y dos euros, para ver a su nueva novia, una chica que había conocido en una jornadas celebradas en la ciudad sobre riesgos laborales. Lo quería, y le hacía daño. Que estuviese muerto la tranquilizaba.
Fue un entierro muy duro. Todos los familiares estaban destrozados. La chica que dio una conferencia sobre riesgos laborales cincuenta y cuatro días antes, estaba en estado de shock. Todos los amigos, incluido aquel que cojeaba muy ligeramente, sin que apenas se notase, de su tobillo derecho, llevaban en procesión el ataúd tallado en madera de roble por un carpintero que en ese mismo instante había cazado a su mujer con otro hombre, y a la que no le dijo nada, nunca. Cuando llegaron al cementerio el silencio sepulcral sólo era interrumpido por los gemidos de los asistentes. Era un buen chico y por ello muy querido. La familia decidió enterrarlo aunque, medio en broma medio en serio, siempre manifestó que quería ser incinerado. En esas palabras estaba pensando el chico que se rompió los ligamentos del tobillo cuando miró a su novia, que no había derramado ninguna lágrima, y entendió que a él nunca lo iba a querer como quería a la persona que habitó el cuerpo rígido que se encontraba un metro y cuarenta y siete centímetros debajo de tierra. Entonces miró al cielo, en un gesto instintivo, como buscando alguna revelación, pero sólo encontró la estela de un avión, que volaba hacia el noroeste, con trescientos doce pasajeros a bordo, de los cuales once era miembros de una misma familia que viajaban para presenciar como un hijo de unos, hermano de otros y primo de aquellos, se licenciaba en la facultad de ciencias de la información de una ciudad que estaba a ocho mil cuatrocientos tres kilómetros de la casa dónde había nacido y había pasado los dieciséis primeros años de su vida. Dos filas más atrás del primo del chico que recibió una beca de estudios por alumno superdotado, viajaba sentada una chica de veinte años que no podía dejar de recordar la desnudez de una compañera de clase después de haberla visto depilarse las ingles en el cuarto de baño de la habitación que compartieron durante cuatro días en el hotel de la ciudad costera en la que habían pasado el viaje de fin de curso, la misma ciudad en la que algunos años atrás, dos niñas de tres años jugaban en la playa, tres niñas que después no se volvieron a ver nunca.
Eran las doce y cuarenta y tres minutos del mediodía, la misma hora en la que una joven tailandesa miraba con repudio a un turista gordo, de piel blanca y con pelo en la espalda en una playa de Phuket, en la que un soldado ruso de dieciocho años limpiaba el traje de gala en una pila de mármol blanco porque al día siguiente volvía a su casa en Omsk, en la que un estudiante de arte de la Universidad de Ottawa no puede evitar llorar imaginando que la chica de su clase de la que está enamorado está follando con su mejor amigo, los cuales se conocieron por una llamada del estudiante de arte a su amigo la tarde anterior para tomar una cerveza en un pub que apestaba a café rancio, para que se uniera a él y a la chica de la que estaba enamorado, la misma hora en la que una chica de diecinueve años dice lo siento, pensando que en realidad no lo siente.

Absoluta

Una luz amarilla me despierta del trance. Me pregunto cómo he podido conducir por ésas calles, no recuerdo pasar por la casa de escaleras altas o el barrio del mismo color. Conozco esos lugares como propios, de la misma forma que sé cuál es el cajón de los calcetines. Mi coche necesita gasolina, pero son las cuatro de la madrugada, estoy cansado y me noto pesado, como al despertar del placer de la anestesia. Después de veintidós kilómetros de callejeo sin encontrarte asumo mi derrota. Además sé dónde estás.
-¿Eres estúpido?, sobreestimo tu inteligencia-, dice mi hermano mayor, que viaja en el asiento de copiloto.
Llego a casa, oigo los ronquidos de mi padre, tiro la chaqueta a la silla más cercana al sofá, pero cae en el suelo. Tengo hambre. Mi estómago se queja, pero lo mantengo a raya. Me siento, enciendo un cigarro y lo apago después de dos caladas. Decido irme a la cama, pero no puedo.
-Aquí no conseguirás nada, sentado es imposible andar- replica mi hermano mayor, mirándome desde la puerta de la cocina.
Me encuentro con ánimo y decido escribir, todas estas ideas tienen que reflejarse en algún sitio. Escribo trece líneas sin parpadear, casi aparecen solas como un conejo en un sombrero de copa. Las leo. Las releo, lo hago de nuevo. Me doy cuenta que mi vida no es tan atractiva, conozco a unas pocas personas a las que le interesa lo que ocurre conmigo, pero no tanto como para leer esta absurdez. Mi vida tiene la cara triste y me mira con súplica. Y caigo en la cuenta, mi vida no es absurda porque ya no es mía, ahora pertenece a ti, tú llevas el timón y yo sólo limpio el parqué de proa. Ahora es absoluta, no miento, no me invento nada, me convierto en honorable y respetuoso, sincero y sensato.
-¿Un barco? Tú no tienes galones-.
-Los tendré y lo sabes-.
-No me hagas reír. Llevo toda mi vida intentando abrirte los ojos y sólo consigo que aparezcan más arrugas en tu frente-.
-Tú estás muerto. Descansa de una vez-.
-Vendrás conmigo cuando tu barco vaya a pique-, ríe mi hermano.