Al poco de apagarse la luz de la habitación se abre la puerta. En un gesto instintivo se abraza con el rebecón verde que lleva puesto para abrigarse de un frío inexistente. Tras poner el pie izquierdo en la acera, abre de nuevo la puerta y grita algo hacia dentro, cuando se da la vuelta su gesto es contrariado, poniendo atención a voces inaudibles que llegan desde dentro. Lentamente cierra la puerta con la mano derecha y rápidamente la refugia de nuevo bajo la izquierda. Debe tener las manos frías. Mira hacia un lado de la calle, luego hacia el otro. En este se detiene más, algo ha llamado su atención, parece que un perro que mira a su dueña, una mujer pesada y mayor de sesenta que habla alegremente con una de las vecinas. Esboza una pequeña sonrisa que dura unos segundos para desaparecer como si un halo hubiese barrido su cara. Mira al suelo mientras dibuja algo con el pie derecho, luego mira al cielo, frunce el ceño porque probablemente le moleste la luz. Mueve la cabeza colocándose la melena con la ayuda del viento. Suspira y se sienta en la entrada de la casa, que parece ser su casa familiar. Pone su pierna izquierda todo lo recta posible para sacar del bolsillo del ceñido vaquero un paquete de tabaco. Coge un cigarro y deja el paquete a un lado. Apenas se le ven lo dedos de las manos escondidas bajo las mangas de lana. Busca el mechero por el resto de bolsillos. No lo encuentra. Se lamenta y hace ademán de levantarse pesadamente cuando se da cuenta que está dentro en el bolsillo de atrás. Se enciende el cigarro y aspira el humo con la boca abierta, tarda unos segundos en expulsarlo. Apoya su cabeza en su mano izquierda, la misma que sujeta su cigarro, el humo desenfoca su cara. Constantemente mira hacia un lado y otro de la calle, hasta que mira a su izquierda. Allí sostiene la mirada mientras se consume el tabaco entre sus seguramente finísimos dedos. De repente se sobresalta, mira de nuevo al cielo y le da una última calada expulsando el humo mientras recoge la cajetilla y el mechero y lo guarda en el bolsillo izquierdo, se levanta y se abriga. De nuevo de pie hace una cola con su pelo para después soltarlo, moverlo al viento y repetir la operación anterior, esta vez para dejársela. Entra a su casa echando un último vistazo hacia el lado izquierdo de su calle.
- Cariño, a mí la casa me gusta, parece una calle tranquila, parece un pueblo tranquilo, podríamos decorarla, no sé. Oye, sé que no te apetece mucho la idea de alejarte de la ciudad, pero por favor, entiéndeme, es una gran oportunidad.
- Nos la quedamos, en serio, nos la quedamos. Parece un buen lugar. Además las vistas son maravillosas.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Lo común de los mortales
Mi hermana y yo dormíamos en la misma habitación hasta que ella se fue de casa. Todas las noches cuando ella apagaba la luz, yo permanecía con los ojos abiertos, contemplando la oscuridad, pensando si esa era la misma oscuridad del ciego, o si era la misma visión de la muerte. Buscaba desesperado algún halo de luz, por minúsculo que fuera, en los que mis ojos pudieran centrar su atención, que me devolviera a la realidad, que me situara de nuevo en mi habitación. Algunas noches lo encontraba en uno de los huequecitos de la persiana, otras no, y entonces el miedo se adueñaba del lugar, no podía ver nada, sólo oscuridad, nada más que oscuridad, por momentos ya no estaba en ningún sitio, ya no pertenecía a nada, solamente era yo en medio del abismo. No me daba miedo la oscuridad, lo que me aterraba era ser consciente de ella. Llamaba a mi hermana, ¿estás despierta?, sí, duérmete ya. Su voz estaba allí, pero no podía verla, era como si me hablase desde otro mundo lleno de claridad. Así pasaba la noche, alejado del tiempo y del espacio, como en una terrible eternidad. En algún momento del no tiempo, se oía un ruido y la habitación se iluminaba. En la medida en que mis ojos se acostumbraban al paisaje, mi miedo se desvanecía. Entraba mi madre en la habitación para despertarnos y mi miedo se difuminaba en una libertad pasajera, que duraba justo hasta el momento de oscuridad venidero.
Siempre quise contárselo a alguien, incluso lo hice a algunos de mis amigos del colegio, pero se reían de mi cobardía, porque me daba miedo la oscuridad. No lo entendían, a mí no me daba miedo la oscuridad, me daba miedo ser consciente de ella. Un día decidí contárselo a mi padre y avergonzado le dije que no podía dormir por las noches porque tenía miedo desde que la luz se apagaba. Él me respondió que era normal tenerle miedo a la oscuridad, que en un niño esas cosas pasan, que a él también le pasaba cuando tenía mi edad, pero que tenía que ser valiente, convencerme de que no había ningún peligro, que cuando las luces ya no están, todo sigue en el mismo lugar, sólo que todo descansa de nuestras miradas. Me alegró saber que él también tuvo miedo, aunque fuese diferente, porque a mí no me daba miedo la oscuridad, me daba miedo ser consciente de ella.
Poco tiempo después entendí la muerte. Mi primo murió, y cuando lo hizo, lo hizo para siempre porque ya no volvió más. Le pregunté a mi padre que se sentía cuando te mueres, él me dijo que era como si se apagara la televisión de repente, ya no hay nada, de un momento a otro todo se oscurece y ya no se enciende. Yo le pregunté que si dolía, él me dijo que no, que en la muerte ya nada se siente. Aquel día encendí la tele y la apagué mil veces y en todas lo que quedaba era oscuridad, la pantalla se volvía negra, como mis noches. Me dio mucha pena por mi primo, no porque se muriera, sino porque quizás, como yo cuando mi hermana apagaba la luz, tendría que estar eternamente mirando la oscuridad. Debe ser horrible, solía pensar, es aterrador. Por eso me daba miedo la muerte, porque iba a ser consciente de ella.
Crecí durmiendo de día y observando de noche, allí hablaba con mi primo y me contaba como era su oscuridad. Decía que estaba encerrado y que no veía nada, yo le decía que aguantara, que al final alguien abriría la puerta para despertarlo, aunque yo sabía que eso era imposible. Definitivamente la muerte era terrible, nadie podía desearla. Le dije a mi padre que me daba mucho miedo la muerte, él me dijo que a todas las personas les da miedo la muerte porque nadie sabe que hay después de ella. Yo sí sabía lo que había, ser consciente de ello era lo que me paralizaba. Lo que yo no sabía era que la muerte también se puede elegir, que las personas pueden elegir su momento de morir y me quedé fascinado con el poder humano. Mi vecino se lanzó desde el puente hasta el río y allí se ahogó porque él quiso. Recuerdo oír a todos mis vecinos decir que algún día pasaría, que no andaba cuerdo, que decía cosas muy extrañas, que pobre su madre, que pena de hijo, que ya lo tenía el Señor en su gloria. Yo pensaba que mi vecino era un hombre valiente porque había elegido la oscuridad por él mismo, libremente. Quiso que la puerta ya no se abriera y eso me hizo dudar si la oscuridad era tan profunda, si realmente era yo el que no veía las cosas que en ella existían. Si mi vecino había decidido quedarse en ella era porque allí era más feliz que cuando todo se veía. Durante las noches que siguieron a la hazaña de mi vecino, me concentré totalmente en la oscuridad, la miré fijamente, intenté dejar mi mente evadida de todo recuerdo, me sentía como un explorador, como un policía que interrogaba a un sospechoso buscando alguna mentira. Me cansé de no ver nada y abandoné mi propósito, pero descubrí que había perdido el miedo a ser consciente que existía la oscuridad, ahora tenía una relación especial con ella, ahora nos gustábamos mutuamente. Incluso recuerdo el día en que ella me invitó a dormir juntos.
Entonces lo malo de la muerte no era la oscuridad, incluso era buena. Seguía sin entenderlo. Hubo un tiempo en que creí que lo malo de la muerte era el infierno. Siempre había escuchado aquello de que existían lugares a los que ibas después de muerto como premio o castigo a la forma en que habías vivido. Los malos al infierno, los buenos al cielo. Pero, ¿Qué había en esos lugares? Mi padre me dijo que en el cielo está Dios, con su hijo, el Señor y la Virgen María. Toda la gente buena estaba allí, mi primo, mi tío, mi abuelo y mi amigo al que siempre le dolía la cabeza. Era un sitio magnífico aquél, vivías entre las nubes, allí no faltaba de nada, había ángeles y agua que caía en cascadas infinitas, fruta fresca y mucha paz. Por eso, decía mi padre, hay que honrar a Dios y a la Virgen, porque nos protegerán en vida y nos abrirán las puertas del cielo, del descanso blanco. Ahora era lógico que todos los años fuésemos un fin de semana a un santuario en la sierra a ver a la Virgen, porque ella nos vería y cuidaría de nosotros. El infierno, según mi padre, era un sitio extraño, dónde hacía calor y la gente sufría porque cumplía condena por sus pecados realizados en vida. Yo pregunté cuáles eran los pecados y que condenas tenían cada uno, pero mi padre no me supo responder. Mi abuela me dijo un día que mi vecino también estaba en el infierno. Pensé que era el lugar dónde estaban los valientes.
Seguía sin diferenciar qué es lo que tenía la muerte que me daba tanto miedo. En eso estaba pensando cuando un día mi padre me llevó al hospital a ver a mi abuela. Me dijo que estaba muy enferma, que le diera un beso porque quizás ya no la vería más. Recuerdo el gesto inexpresivo de mi abuela, su movimiento de ojos, su boca abierta, todos aquellos tubitos transparentes que entraban y salían de su boca y su nariz y recuerdo su miedo. Cuando me miró pude ver toda la oscuridad allí encerrada. Mi abuela era consciente de que se moría y estaba asustada, temblaba de miedo y pedía auxilio. Recordé la oscuridad de mi habitación, su atemporalidad, su infinidad y recordé el miedo, lo identifiqué y casi pude tocarlo. Mi corazón en ese momento se llenó de alegría porque entendí que el miedo no es sólo mío, porque el miedo lo aprendimos y como montar en bicicleta, ya no se olvida.
Algunas veces pienso que sería mejor si no nos explicásemos unos a otros qué es el miedo, pero eso es imposible, porque el miedo da demasiado miedo, y a todos nos gustan las historias de miedo.
Siempre quise contárselo a alguien, incluso lo hice a algunos de mis amigos del colegio, pero se reían de mi cobardía, porque me daba miedo la oscuridad. No lo entendían, a mí no me daba miedo la oscuridad, me daba miedo ser consciente de ella. Un día decidí contárselo a mi padre y avergonzado le dije que no podía dormir por las noches porque tenía miedo desde que la luz se apagaba. Él me respondió que era normal tenerle miedo a la oscuridad, que en un niño esas cosas pasan, que a él también le pasaba cuando tenía mi edad, pero que tenía que ser valiente, convencerme de que no había ningún peligro, que cuando las luces ya no están, todo sigue en el mismo lugar, sólo que todo descansa de nuestras miradas. Me alegró saber que él también tuvo miedo, aunque fuese diferente, porque a mí no me daba miedo la oscuridad, me daba miedo ser consciente de ella.
Poco tiempo después entendí la muerte. Mi primo murió, y cuando lo hizo, lo hizo para siempre porque ya no volvió más. Le pregunté a mi padre que se sentía cuando te mueres, él me dijo que era como si se apagara la televisión de repente, ya no hay nada, de un momento a otro todo se oscurece y ya no se enciende. Yo le pregunté que si dolía, él me dijo que no, que en la muerte ya nada se siente. Aquel día encendí la tele y la apagué mil veces y en todas lo que quedaba era oscuridad, la pantalla se volvía negra, como mis noches. Me dio mucha pena por mi primo, no porque se muriera, sino porque quizás, como yo cuando mi hermana apagaba la luz, tendría que estar eternamente mirando la oscuridad. Debe ser horrible, solía pensar, es aterrador. Por eso me daba miedo la muerte, porque iba a ser consciente de ella.
Crecí durmiendo de día y observando de noche, allí hablaba con mi primo y me contaba como era su oscuridad. Decía que estaba encerrado y que no veía nada, yo le decía que aguantara, que al final alguien abriría la puerta para despertarlo, aunque yo sabía que eso era imposible. Definitivamente la muerte era terrible, nadie podía desearla. Le dije a mi padre que me daba mucho miedo la muerte, él me dijo que a todas las personas les da miedo la muerte porque nadie sabe que hay después de ella. Yo sí sabía lo que había, ser consciente de ello era lo que me paralizaba. Lo que yo no sabía era que la muerte también se puede elegir, que las personas pueden elegir su momento de morir y me quedé fascinado con el poder humano. Mi vecino se lanzó desde el puente hasta el río y allí se ahogó porque él quiso. Recuerdo oír a todos mis vecinos decir que algún día pasaría, que no andaba cuerdo, que decía cosas muy extrañas, que pobre su madre, que pena de hijo, que ya lo tenía el Señor en su gloria. Yo pensaba que mi vecino era un hombre valiente porque había elegido la oscuridad por él mismo, libremente. Quiso que la puerta ya no se abriera y eso me hizo dudar si la oscuridad era tan profunda, si realmente era yo el que no veía las cosas que en ella existían. Si mi vecino había decidido quedarse en ella era porque allí era más feliz que cuando todo se veía. Durante las noches que siguieron a la hazaña de mi vecino, me concentré totalmente en la oscuridad, la miré fijamente, intenté dejar mi mente evadida de todo recuerdo, me sentía como un explorador, como un policía que interrogaba a un sospechoso buscando alguna mentira. Me cansé de no ver nada y abandoné mi propósito, pero descubrí que había perdido el miedo a ser consciente que existía la oscuridad, ahora tenía una relación especial con ella, ahora nos gustábamos mutuamente. Incluso recuerdo el día en que ella me invitó a dormir juntos.
Entonces lo malo de la muerte no era la oscuridad, incluso era buena. Seguía sin entenderlo. Hubo un tiempo en que creí que lo malo de la muerte era el infierno. Siempre había escuchado aquello de que existían lugares a los que ibas después de muerto como premio o castigo a la forma en que habías vivido. Los malos al infierno, los buenos al cielo. Pero, ¿Qué había en esos lugares? Mi padre me dijo que en el cielo está Dios, con su hijo, el Señor y la Virgen María. Toda la gente buena estaba allí, mi primo, mi tío, mi abuelo y mi amigo al que siempre le dolía la cabeza. Era un sitio magnífico aquél, vivías entre las nubes, allí no faltaba de nada, había ángeles y agua que caía en cascadas infinitas, fruta fresca y mucha paz. Por eso, decía mi padre, hay que honrar a Dios y a la Virgen, porque nos protegerán en vida y nos abrirán las puertas del cielo, del descanso blanco. Ahora era lógico que todos los años fuésemos un fin de semana a un santuario en la sierra a ver a la Virgen, porque ella nos vería y cuidaría de nosotros. El infierno, según mi padre, era un sitio extraño, dónde hacía calor y la gente sufría porque cumplía condena por sus pecados realizados en vida. Yo pregunté cuáles eran los pecados y que condenas tenían cada uno, pero mi padre no me supo responder. Mi abuela me dijo un día que mi vecino también estaba en el infierno. Pensé que era el lugar dónde estaban los valientes.
Seguía sin diferenciar qué es lo que tenía la muerte que me daba tanto miedo. En eso estaba pensando cuando un día mi padre me llevó al hospital a ver a mi abuela. Me dijo que estaba muy enferma, que le diera un beso porque quizás ya no la vería más. Recuerdo el gesto inexpresivo de mi abuela, su movimiento de ojos, su boca abierta, todos aquellos tubitos transparentes que entraban y salían de su boca y su nariz y recuerdo su miedo. Cuando me miró pude ver toda la oscuridad allí encerrada. Mi abuela era consciente de que se moría y estaba asustada, temblaba de miedo y pedía auxilio. Recordé la oscuridad de mi habitación, su atemporalidad, su infinidad y recordé el miedo, lo identifiqué y casi pude tocarlo. Mi corazón en ese momento se llenó de alegría porque entendí que el miedo no es sólo mío, porque el miedo lo aprendimos y como montar en bicicleta, ya no se olvida.
Algunas veces pienso que sería mejor si no nos explicásemos unos a otros qué es el miedo, pero eso es imposible, porque el miedo da demasiado miedo, y a todos nos gustan las historias de miedo.
Occidente.
Después de un naufragio en costas portuguesas, salvando la vida agarrado al cuerpo abuhado de uno de sus compañeros de fragata durante treinta y ocho horas y doce minutos, el cuerpo de salvamento marino lo lleva hasta tierra firme. Se recupera pronto, y en una de las lonjas del puerto, conoce a la que poco después se convierte en su esposa. Afincado en la antigua Lusitania, conoce a otros marinos con conocimientos en cartografía y geografía. Una tarde cualquiera, cuando el mayor de los amigos se dirige hacia la barra de una taberna cualquiera para pedir otro té, nuestro navegante propone viajar a las Indias, utilizando otra ruta que no sea la normal en este momento, es decir bordeando África. Tras una explicación certera, con mapa en mesa y dedo señalando, ciento veintitrés días después izan velas con destino a Inglaterra. En ese viaje llegaron hasta Islandia. A su regreso, la euforia de haber conseguido tal hazaña, hace que su bella esposa sufra al día siguiente unos dolores punzantes en las ingles que ella cree que son agujetas.
Con la confianza propia de haberse burlado de todos los mitos que decían que poco más allá del cabo Finisterre el mundo se precipitaba hacia el más absoluto abismo, o en su defecto que unos monstruos de tamaño supremo iban a devorarlos antes de poder cagarse en los pantalones, se dispone hablar con Juan II en busca de apoyo para emprender su viaje hacia las Indias por occidente. Nuestro hombre de mar asegura que así podrán evitar las emboscadas piratas frecuentes en las costas de África, además de evitar el mal trago que supone enfrentarse con los turcos, un pueblo muy dado a dar primero y preguntar después del cuarto golpe. Pero José II, tras quedar maravillado con un diamante que pesaba tanto como el urinario de plata que había bajo su cama, regalado por otro navegante en agradecimiento por salvar la vida de su hermano, ladrón de profesión y vocación, las Indias no era su destino favorito, sino más bien las tierras bañadas por el Cabo Verde. Pero nuestro incansable amigo no tira la toalla, y un buen día, tras algunos angustiosos debido a la protocolaria burocracia, se presenta ante los Reyes Católicos españoles, que tras varios años de duda, años que nuestro amigo utilizó para formarse aún más en geografía y en botánica, y tras la conquista de Granada, aprueban el proyecto. Cuando nuestro aventurero recibe la noticia lo primero que piensa es en el cuerpo de su mujer durmiendo en una cama con sábanas de seda pura.
Y así es como nuestro explorador de aguas desconocidas flanqueado por un grupo de hombres, auténticos lobos de mar, en tres preciosos y flamantes barcos, parten de un puerto del sur español rumbo a las Indias, por occidente.
Si llegaron o no es una incógnita, unos dicen que naufragaron tras una terrible tormenta a pocos kilómetros de las Islas Azores; otros que sí llegaron, y que se convirtieron al hinduismo y estuvieron meditando el resto de sus días; otros sostienen que alcanzaron nuevas tierras y que allí fueron coronados reyes y que sus lujos y avaricia no les dejaron volver. La versión más extendida, por supuesto, es que nuestro amigo fue un intrépido y que como era normal, los tres barcos se precipitaron en el profundo abismo, si es que llegaron hasta allí, salvando a tantas bestias marinas. Lo que sí es cierto es que no regresaron, que el fin del mundo sigue siendo el cabo Finisterre y que la mujer de nuestro valiente amigo durmió en sabanas de seda, enviadas por los Reyes Católicos en honor a su marido desaparecido.
Con la confianza propia de haberse burlado de todos los mitos que decían que poco más allá del cabo Finisterre el mundo se precipitaba hacia el más absoluto abismo, o en su defecto que unos monstruos de tamaño supremo iban a devorarlos antes de poder cagarse en los pantalones, se dispone hablar con Juan II en busca de apoyo para emprender su viaje hacia las Indias por occidente. Nuestro hombre de mar asegura que así podrán evitar las emboscadas piratas frecuentes en las costas de África, además de evitar el mal trago que supone enfrentarse con los turcos, un pueblo muy dado a dar primero y preguntar después del cuarto golpe. Pero José II, tras quedar maravillado con un diamante que pesaba tanto como el urinario de plata que había bajo su cama, regalado por otro navegante en agradecimiento por salvar la vida de su hermano, ladrón de profesión y vocación, las Indias no era su destino favorito, sino más bien las tierras bañadas por el Cabo Verde. Pero nuestro incansable amigo no tira la toalla, y un buen día, tras algunos angustiosos debido a la protocolaria burocracia, se presenta ante los Reyes Católicos españoles, que tras varios años de duda, años que nuestro amigo utilizó para formarse aún más en geografía y en botánica, y tras la conquista de Granada, aprueban el proyecto. Cuando nuestro aventurero recibe la noticia lo primero que piensa es en el cuerpo de su mujer durmiendo en una cama con sábanas de seda pura.
Y así es como nuestro explorador de aguas desconocidas flanqueado por un grupo de hombres, auténticos lobos de mar, en tres preciosos y flamantes barcos, parten de un puerto del sur español rumbo a las Indias, por occidente.
Si llegaron o no es una incógnita, unos dicen que naufragaron tras una terrible tormenta a pocos kilómetros de las Islas Azores; otros que sí llegaron, y que se convirtieron al hinduismo y estuvieron meditando el resto de sus días; otros sostienen que alcanzaron nuevas tierras y que allí fueron coronados reyes y que sus lujos y avaricia no les dejaron volver. La versión más extendida, por supuesto, es que nuestro amigo fue un intrépido y que como era normal, los tres barcos se precipitaron en el profundo abismo, si es que llegaron hasta allí, salvando a tantas bestias marinas. Lo que sí es cierto es que no regresaron, que el fin del mundo sigue siendo el cabo Finisterre y que la mujer de nuestro valiente amigo durmió en sabanas de seda, enviadas por los Reyes Católicos en honor a su marido desaparecido.
Rumores, Bizcochos y Arándanos.
- No ha sido fácil pedirte que vinieras hasta aquí, te lo prometo. Pero debes entenderme, necesitaba verte. Sé lo que estás pensando, que todo esto no tiene sentido, que no puedo llamarte así como así, sin respetar nada. Seguro que estás ocupada, tendrás mil cosas que hacer. Pero es importante. Bueno, al menos para mí es importante. De todas maneras, ante todo, te agradezco que estés aquí, ¿lo puedo interpretar como una señal?, bueno mejor no, no cambio nunca, ya me conoces. Aunque nada me quitará la ilusión, lo siento. Bueno voy a intentar resumir en unas pocas frases todo lo que quería decirte. Incluso había pensado en preparármelo a modo de discurso, ya sabes, apuntarlo todo en un trozo de papel, o al menos un guión, para no perderme. Cuando pienso en ti siento que la cabeza me hierve. Se amontonan las ideas, los sentimientos, quizás los recuerdos, no lo sé, pero me mantienes activo, vivo. No es que vaya a morir si me rechazas, no me malinterpretes, ya sabes, lucho por ser autosuficiente, aunque algunas veces cueste, pero lo intento cada día, y voy progresando no creas, poco a poco me conozco mejor y, bueno vale me callo, tu mirada te delata. Por eso lo del guión, siempre me voy por las ramas, no te voy a sorprender ahora. Vale a lo que iba. Pues eso, a ver, pues que, en fin, que te echo de menos. La verdad, así dicho, parece un argumento de poco peso, al fin y al cabo es sólo mi opinión, ni siquiera te he preguntado por lo que tú piensas de todo esto, pero bueno, ya sabes, estás aquí, y, bueno, bueno mejor continúo. Oye, si me largué así, de repente, lo siento, simplemente tenía miedo, sé que mi cobardía te destrozó, pero bueno, es que, bueno no tengo excusa, pero te digo la verdad, simplemente me dio miedo. No sabía si era capaz de poder estar contigo, bueno con nadie, ni siquiera me sentía capaz de estar a solas conmigo mismo. Pensar que tenía que cuidarte día a día, me aterrorizaba. Aunque está claro que es una tontería, eres mayorcita como para cuidarte por ti misma, sin la ayuda de mi torpeza, no hay más que verte. Estás genial. Aunque no pares de fumar, ¿por qué fumas? Antes casi no lo hacías, bueno el tabaco es una de mis debilidades, no soy el más indicado, pero he pensado muchas veces en dejarlo, otra vez me estoy yendo. Voy a centrarme. Es mejor que acabe con todo esto. Estoy un poco nervioso, aunque no sé, eres tú, no debería estarlo. Oye, me importas, mucho. Sé que oíste muchas cosas sobre mí, sobre mi comportamiento, bueno, lo pudiste comprobar por ti misma en muchas ocasiones, pero no todo era cierto. No sé, quizás entré en una espiral que poco tiene que ver conmigo, poco o nada. Ahora me planteo porque me importaba tanto lo que sucedía allí, creo que estaba demasiado desubicado, no sólo en la ciudad, que bueno, no era como te imaginabas, sino en mi vida. Bueno, tampoco es que tuviese motivos para andar quejándome siempre como lo hacía, pero, bueno, vale, vuelvo a lo que te decía, vaya facilidad la mía para irme a otros lugares, qué te voy a contar que ya no sepas. Mira que sólo quería decirte que no sé tú, pero que para mí nada de esto tiene significación sin ti. Te necesito, y ese es el problema, que parece que tú a mí no. En realidad estoy seguro de ello. No dices nada, bueno, mejor así. Bueno, dime algo, no sé, lo que sea.
- ¿Se han decidido ya?
- Sí, bueno, a ver, bueno, un té, bueno no, mejor un café, con leche, sí, bueno descafeinado con leche, mejor, hoy ya he tomado demasiado café, de sobre, mejor de máquina. Para ella, no sé, pues, ¿bizcocho de arándanos? Sí. Bizcocho de arándanos y zumo de piña. Gracias. Antes te encantaba el bizcocho de arándanos, quizás querías otra cosa, bueno puedo llamar a la camarera y pedir lo que prefieras. No sé, parece que no te apetece, pero en este sitio el bizcocho está exquisito, te va a encantar, aunque bueno si quieres otra cosa, pues se pide ya está, no pasa nada. Bueno lo que te estaba diciendo. Ya me perdía otra vez.
- ¿Se han decidido ya?
- Sí, bueno, a ver, bueno, un té, bueno no, mejor un café, con leche, sí, bueno descafeinado con leche, mejor, hoy ya he tomado demasiado café, de sobre, mejor de máquina. Para ella, no sé, pues, ¿bizcocho de arándanos? Sí. Bizcocho de arándanos y zumo de piña. Gracias. Antes te encantaba el bizcocho de arándanos, quizás querías otra cosa, bueno puedo llamar a la camarera y pedir lo que prefieras. No sé, parece que no te apetece, pero en este sitio el bizcocho está exquisito, te va a encantar, aunque bueno si quieres otra cosa, pues se pide ya está, no pasa nada. Bueno lo que te estaba diciendo. Ya me perdía otra vez.
Luces de Ciudad
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